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Ludoland

David era un ciudadano más en Ludoland. Ludoland era un país dónde la gente podía decir lo que pensaba, podía jugar, votaba y no era encarcelada por tener unas ideas u otras. La gente era aceptablemente feliz según las últimas encuestas. David nunca había tenido una inquietud política; no se preocupaba por ello. Él sabía que en la época de la Ludificación unos señores muy inteligentes habían decidido que la manera de decidir cosas en el país sería jugando partidas al Parchís. Gracias a estos señores se podían decidir las cosas lúdicamente, no como antes.

Antes de la Ludificación el país era aburrido. No se jugaba a nada. De hecho, estaba prohibido jugar. Había focos de resistencia, pequeños grupos que se organizaban para jugar a juegos antiguos, juegos inventados y hasta juegos importados de otros países, pero nunca intentaron seriamente convencer a la gente de que jugara. De hecho, si lo intentaban y les pillaban, debían exiliarse si tenían suerte, eran encarcelados o, en algunos casos ejemplares, condenados a muerte. Así que durante la Ludificación todos los ciudadanos de Ludoland confiaron en los mejores jugadores del país, o eso decían ellos mismos y sus Clubs de Jugadores. Todos querían que la sociedad fuera lúdica y que nada fuera como antes.

Algunos de estos Clubs de Jugadores eran la versión legal de esos antiguos focos de resistencia organizada y esto daba esperanzas a ciudadanos que sabían de su existencia pero que, por miedo sobre todo, nunca se adherieron o intentaron jugar. Ahora la cosa había cambiado. Ya no había represión, se podía jugar a cualquier cosa y no pasaba nada malo.

Un día, David, decidió entrar en un Club de Jugadores con la esperanza de cambiar algo que le parecía importante. Desde su inocencia pensaba que jugar al Parchís no era un buen método. Él defendía que era mejor jugar al Poker. Sus motivos tendría. La cuestión es que en un país como Ludoland, donde todo el mundo era libre y se decidían las cosas lúdicamente no debería ser excesivamente complicado intentar cambiar algo tan elemental como el juego al que hay que jugar para decidir cosas. Antes ni siquiera se podía plantear algo así.

David tomó experiencia dentro del Club y preguntó a los más experimentados que como funcionaba el Parchís exactamente, visto desde el interior del sistema lúdico. “Es exactamente como todos lo estudiamos en el colegio. Aquí esta el reglamento: Hasta cuatro jugadores toman sus dados, tiran por turnos, y van moviendo sus fichas hasta el final del recorrido. El primero que lleva todas sus fichas, gana y decide qué se hace con la ley que se está discutiendo.” A David le parecía un buen método. A todos los ciudadanos de Ludoland les parecía un buen método. Era justo: todos tiraban dados y todos podían ganar con la misma condición. Era justo. Periódicamente lo explicaban en la televisión, con ejemplos de como era antes y como era tras la Ludificación. En el colegio, como le habían recordado a David, los niños lo estudiaban para que de mayores pudieran votar al Club de Jugadores que preferían en las partidas de Parchís que decidirían el futuro de su país.

Pese a que le parecía un sistema justo, David entendía que el Póker era mejor y entendía que en un sistema lúdico como el de su país, tenía derecho a intentar cambiarlo. Consultó con abogados, técnicos lúdicos del estado y algunos amigos del Club. Era tremendamente complejo saber qué había que hacer para poder cambiar el juego de decisión: unos decían que no se podía porque era antilúdico, otros decían que eso podría romper la baraja, otros que peor estábamos antes como para andar cambiando cosas…

Mientras lo intentaba, David empezó a jugar sus primeras partidas de Parchís para decidir cosas a nivel municipal. A veces ganaba y a veces perdía, pero empezó a ganar más que a perder y se fue haciendo un nombre. Tomó decisiones importantes en su pueblo: consiguió ganar el poner un semáforo a las puertas de un geriátrico, quitar una rotonda que sólo tenía dos accesos y tramitar una expulsión del consejo municipal de un consejero al que habían pillado cargando dados. Hay quien dice que para ganar esa partida se permitió usar dados del propio concejal, pero nunca se ha demostrado.

Estos éxitos le hicieron ir subiendo en la jerarquía del sistema lúdico, de manera que empezó a jugar partidas de Parchís con gente que estaba cada vez más arriba en cuanto a capacidad de toma de decisiones. Un día, antes de empezar su primera partida en la capital, vio como sus contrincantes tomaban tres dados en lugar de los dos que siempre usaba para el Parchis y que era lo que todo el mundo sabía que se usaba. Igualmente vio como en lugar de cuatro fichas, tomaban tres. Esto hacía que terminar el recorrido fuera mucho más rápido. Inmediatamente avisó a sus contrincantes de que eso no era así. “¿Cómo que no? ¿Acaso vas a venir a decirnos como se juega al parchís aquí?”. En ese momento pidió el reglamento del Parchís, totalmente convencido de que sus contrincantes intentaban engañarle. Empezó a leerlo en voz alta. Le dejaron acabar. Dedicó una mirada espectante a sus contrincantes, aguardando las disculpas. En lugar de eso, le espetaron un “¿Y dónde está el problema? Hemos tomado nuestros dados. Tres dados. Ahí no pone cuantos dados. La cantidad depende de la normativa lúdica específica del organismo donde se encuentre uno, de la antigüedad del jugador y de otros parámetros variables que se deciden en los organismos correspondientes. Y también movemos nuestras fichas. De nuevo, el número de fichas no se especifica y depende de lo mismo que te acabamos de explicar. Todo es perfetamente lúdico y legal.”

David no sabía como reaccionar. Al parecer era cierto: todo era legal y estaba dentro del sistema lúdico. Empezó a parecerle menos justo que antes y su convicción de que el Póker era una mejor opción se vio reforzada. Si todas las decisiones importantes se tomaban con estas partidas, ¿cómo iba a cambiar nada con tanta desventaja? ¿Cómo evitaría que la gente poderosa se aprovechase de la gente normal? Con mucho esfuerzo consiguió ganar alguna partida esporádicamente, lo que hizo que alguien de arriba se fijase en él y le permitiera jugar en escalafones más altos. Todavía no tenía claro como conseguir su ideal de desbancar al Parchís como método lúdico: todo el mundo amaba el Parchís, lo consideraba justo y, sobre todo, salvó al país tras la Ludificación de volver a como era todo antes.

Comenzó una ronda de partidas entre David y el representante de un Club de Juego rival, las cuales involucraban decisiones sobre como administrar el dinero en la comarca. El Club de su contrincante tenía muchos recursos para conseguir que la gente apoyara sus ideas, lo cual significa que salían mucho en la televisión y en los periódicos, por lo que era muy complicado llegar a acuerdos negociados, puesto que el Club oponente sabía que era fuerte frente a la gente y podía imponer sus ideas a base de partidas de Parchis en las condiciones descritas. Lo que David descubrió fue que todos estos recursos no salían de gente comprometida: mayoritariamente salían de bancos que prestaban el dinero a los Clubs y que patrocinaban los torneos lúdicos que se realizaban periódicamente cada cuatro años. Los Clubs eran muy conscientes de esto y, cuando ganaban partidas, intentaban llevarse bien con sus patrocinadores, puesto que dejar de ganar partidas era algo que nadie deseaba y que iba contra el espíritu lúdico que la Ludificación trajo a la sociedad.
En su primera partida, su contrincante tomó cinco dados y sólo dos fichas. David no preguntó. Ya sabía que las cosas eran así y no podía hacer nada por cambiarlas… todavía. Durante la partida, su contrincante resultó ser extremadamente locuaz y agradable, lo cual ayudó a David a sobrellevar la previsible derrota. El contrincante, un rival lúdico histórico del Club de David, pudo entonces explicar a David como se estipulaba que podía cambiar el sistema lúdico: debía ganar cinco partidas seguidas contra los campeones de los demás clubes en el primer nivel. David se quedó en silencio entonces, sopesando sus posibilidades. “¿Cuantos dados tiran y cuantas fichas usan?”, le preguntó a su contrincante. “No lo sé, joven. Hace mucho que no juego a ese nivel y no sé cuales son los detalles actualmente”. Acto seguido se subió sus gafas, agachó la barbilla y contó sus veinte casillas con su última ficha, ganando la partida. “No te desanimes, joven. Sigue intentándolo.”, le dijo mientras se levantaba torpemente y se alejaba dando pequeños pasos, como si fuera a desmontarse como una Jenga con carcoma.

Dos semanas después, los noticiarios del país abrían todas sus portadas con la noticia de un terrible, cruel, antilúdico e injustificado acto terrorista en las oficinas centrales del mayor banco del país. Gran parte de la cúpula directiva había muerto y varios documentos internos privados y encriptados habían desaparecido tras una enorme explosión. La autoría era un misterio, pero al menos había una pista que parecía algún tipo de firma del autor: entre los restos del atentado aparecieron cuatro naipes medio calcinados; cuatro ases que, según fuentes policiales, anunciaban que ese era sólo el principio.

 

Acerca del autor

Dani Ramírez

Artesano del conocimiento, del software y los juegos de mesa. También Ex-CEO de una empresa que nunca dio beneficios, Ex-programador a tiempo completo, Ex-estudiante de ingeniería... Knowledge, software and board game craftsman. Also, Ex-CEO-of-a-company-which-never-had-profits, Ex-full-time-programmer, Ex-engineering-student, ...

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